El hombre tenia los labios muy finos, la piel muy blanca. Detras de los anteojos caia su mirada dura. Los anios de su cuerpo hacian ver mas miserable su existencia.
Y puteaba.
Murmuraba asperos sonidos y de pronto gritaba insultos a quien se le cruzara.
Me hubiera gustado tranquilizar su alma. Juntar sus manos, ponerlo a dormir, acunarlo.
Pero no, tenia un muro casi invisible y una molestia permanente.
Deambulaba por las calles solo carne y huesos.
Perdida en Roma
Sobre libros, teatro, calles, cine, poesia...

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